miércoles, 18 de marzo de 2015

El ideal del silencio en el Arte Moderno según Susan Sontag

 
                                                     

Por: Alfonso Solano

El silencio como concepto artístico y como metáfora de la realización del acto creativo, es de vieja y añejada tradición. Sin embargo, es preciso señalar que fueron los poetas y artistas de principios del siglo XX quienes le dieron su trono de majestad. Esto es lo que, en el inaudito e intenso caudal de la historia del arte, se conoció como “el giro” o, como bien lo definió nuestro estudioso ensayista y poeta maracucho Víctor Bravo: el arte después del arte (1). En efecto, este marisma dentro de la evolución del arte mantuvo firme se brújula en el desplazamiento-siempre oblicuo- de su eje renunciando a la tradición de lo conceptualmente objetivo-objetual, buscando, en el mejor de los casos, a un reconocimiento de la obra de arte como elemento dialéctico del propio acto creativo. Sin Dios ni providencia. Se buscaba, como bien lo describe Bravo “ un estado de conciencia, a la vez de libertad y de angustia, de la critica a la verdad y a la fijeza ontológica de lo real” (ob.cit.pág:82). Ciertamente, esto caracterizó todo un arte primordial que se expresó en los jóvenes años 20 del siglo que nos antecedió y que dio paso a lo que se conoce como La Modernidad, vale decir; cambio de paradigma, nuevo horizonte de libertades y una nueva cosmogonía en el dominio de los conceptos y estructuras de dominio.



En este nuevo horizonte el arte rompe y busca otras formas de reconciliación con el persistente canon de la belleza, en una continua pérdida y reconquista, sin cesar, de una dimensión de autonomía; refiere nuevos cánones”(pág.83)., vuelve a referirnos de forma concreta el doctor Bravo en su ensayo. En este nuevo horizonte existe una temporalidad relativa, ya que la ilusión de la representación se disloca, se quiebra, y sucede algo inesperado: la concepción de la obra de arte en el plano de la representación se encuentra con el límite imposible del silencio, del sin sentido, de la negación de los fundamentos, según nos narra Bravo en su texto. Esto último es algo clave para entender como una de las más brillantes pensadoras y estudiosas del arte como lo fue Susan Sontag, se haya interesado en forma tan peculiar sobre este tópico existente en la poiesis del acto creativo de los artistas de la modernidad en su obra: estilos radicales (2) con el título: La estética del silencio, brillante y agudo ensayo que ahora analizamos.


El Silencio como catarsis

Susan Sontag, novelista, filósofa muy a su pesar, ensayista sin par, y una de las mentes más brillantes del siglo pasado, nos lego una obra descomunal que basa primordialmente su fundamento en una permanente reflexión sobre el acto creativo y el papel del hombre moderno en todas sus implicaciones sociales, artísticas, políticas, e incluso, metafísicas. Nunca dejó de intrigarle como los artistas de principios del siglo pasado, se fascinaron y regodearon tanto en lo que George Bataille y mucho de sus coetáneos llamaban le coup de des o, lo que es lo mismo, la trascendencia del vacío en la obra artística. Con una agudeza filosa, Sontag señala las aristas de este procedimiento-con lúcida y provocadora reflexión- en donde los diversos públicos que han contemplado este arte y han experimentado su valor, y su paso hacia ese silencio-entendiéndose como la ininteligilidad, invisibilidad o inaudibilidad del arte- lo han concebido más bien como un desmantelamiento de la competencia del artista, de su sentido vocacional responsable(…) y, por tanto, como una agresión contra esos mismos públicos”. (pág.19) En muchas ocasiones he referido, en textos anteriores, todo lo que ha significado este anhelo de trascendencia del artista por alcanzar a un límite casi místico, el limbo del conocimiento y buscar como la más grande realización del ser, el silencio de la obra, llámese pintura, música o poesía. Sontag refiere esto último y lo define con precisión cuando nos dice: “así también el arte debe orientarse hacia el antiarte, hacia la eliminación del sujeto (el objeto, la imagen), hacia la sustitución de la intención por el azar, y hacia la búsqueda del silencio(pág. 15). Llegado a este punto crucial, valdría la pena preguntarnos: ¿es acaso una voluntad del ser por trascender sus límites creativos? O más bien, ¿es un concepto místico en el cual el espíritu busca deslindarse de lo “material” del arte mismo? En este punto la misma autora nos acerca hacia la luz de la certidumbre: “la actividad del artista, practicada en un mundo lleno de percepciones de segunda mano, y ofuscada específicamente por la traición de las palabras, carga con la maldición de la mediatez. El arte se convierte en el enemigo del artista, porque le niega la realización-la trascendencia- que desea”.(Pág.16)



No imaginamos un desenlace más fatal: la abolición misma del arte. Y en este escenario cabría preguntarnos: ¿y en donde queda entonces el artista?. Sontag nos ubica en una habitación vacía, en donde vemos tres personajes célebres que, tras abandonar su obra que les dio fama, se dedicaron a otra actividad diametralmente opuesta por la que se dieron a conocer, pues éstos consideraban que su obra habría sido trivial: Rimbaud, que se traslada a Abisinia para traficar con esclavos, Wittgestein, que ha optado en cambio por un humilde trabajo como enfermero de un hospital y, finalmente, Marcel Duchamp que abandona todo para dedicarse con infantil obsesión, al juego del ajedrez. Pero, como nos advierte Sontag: la opción por el silencio permanente no anula su obra” (pág. 16).  

Por el contrario ésta se convierte, a su vez, en una nueva fuente de validez, o como lo dice la autora: en un certificado de indiscutible seriedad” (pág. 17). ¿En que consiste esto último? Consiste en no interpretar el arte como un fin sino como un medio para llegar a lograr aquello que sólo se puede alcanzar si se abandona el arte. No obstante, Sontag nos aclara que el arte sí es más que nunca una redención, un ejercicio de ascetismo(…) el artista se purifica por su intermedio de si mismo y, a la larga, de su arte (pág. 17).



El anhelo de la trascendencia

El fin característico del arte moderno, desplazo a los creadores hacia una concepción intima de la realización de la obra por la obra; Incluso, sin intervención del propio artista. Paradoja ésta que no deja de intrigarnos, aún si consideramos que el hombre en el acto creativo, al manejar la materia la moldea, la da forma, la personaliza; le da un significado a través de una serie de códigos y símbolos que sólo puede ser interpretado por el hombre-artista. Así que esto de anular deliberadamente, incluso al espectador de la obra, no hace sino levantar la suspicacia hasta el punto del cuestionamiento sucesivo. Esto es lo que hace precisamente Susan Sontag  cuando se refiere a la paradoja del silencio como vía expiatoria para la trascendencia de la obra artística. La autora señala: Consagrado a la idea de que el poder del arte estriba en su poder para negar, el artista considera que su arma suprema en la guerra inconsciente con su público consiste en deslizarse cada vez más hacia el silencio. (pág. 20). En este punto valdría la pena recordar lo que una vez escribió el brillante poeta y ensayista mexicano Octavio Paz cuando se refirió a la obra del artista Adja Yunkers en su proceso interior de la maduración de a obra: cuando está en plena posesión de sus medio, Adya Yunkers decide deshacerse de ellos. El artista lucha durante años por conquistar su lenguaje, apenas lo logra, bajo pena de esterilidad y de amaneramiento, debe abandonarlo y empezar todo de nuevo, sólo que ahora en dirección inversa. Es la vía negativa: poda, eliminación, depuración, purificación. (3). Existe aquí un elemento crucial: cambio de valores, el menos se vuelve más. De esta forma comprendemos el afán de la trascendencia, el despojamiento de la obra, que según Sontag y el propio Paz no significa la renuncia a la misma. Hay una reflexión en este ensayo de la autora de bajo el signo de Saturno que nos resulta revelador: correspondencias y relaciones implícitas en un espacio determinado y que permanecen invisibles hasta que el pintor la descubre”. (pág. 244). Esto último representa la ratio insular para concebir el mundo de las ideas y del proceso creativo, ya no como un mero ejercicio contemplativo y filosófico del mismo, sino más bien como nos menciona Paz, como un descubrimiento al abrir el espacio,en donde ciertamente, están internadas y ocultas las formas y sus semillas. De modo pues que, la negación de la obra no significa su pasividad y su silencio, sino muy por el contrario atisba la realización a través de un lenguaje, tanto para el poeta como para el pintor. El lenguaje transfigurado a través de metáforas verbales para el poeta, y el espacio cavilante, oblicuo y asceta para el artista plástico. Todo esto concebido en una atmosfera plena de solemne soledad. El ascetismo como vía para la trascendencia de la obra. El amanecer de las presencias en el espacio, tal como lo concibió en toda su plenitud y dimensión, uno de los más grandes artistas del siglo XX: Alberto Giacometti, y cómo hermosamente lo concluye el poeta Ives Bonnefoy, autor de una de las obras referenciales del trabajo de este artista: Nada manifiesta con más fuerza los pocos medios que hacen falta para que el espíritu alcance lo más alto. Nada muestra mejor que el arte es grande porque se ciñe a una única intuición: con tal de que ésta vaya simplemente hacia el enigma para hacerlo evidente”.
 
NOTAS

1.     Victor, Bravo: El mundo es una fábula y otros ensayos, Ediciones Puerta del Sol, Mérida, Venezuela, 2004 (Primera Edición)
2.     Sontag, Susan: Estilos Radicales, Suma de letras ediciones, Argentina, 2005.
3.     Paz, Octavio: In/Mediaciones., Editorial Seix Barral, Barcelona,1990 (Tercera edición)rtistata﷽﷽iin intervencihumilde o, sin intervencibstante, Sontag nos aclara que el arte ein, ha optado en cambio por un humilde


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