Fotografía: Alfonso Solano
miércoles, 27 de abril de 2011
Huracán valdés
Fotografía: Alfonso Solano
martes, 5 de abril de 2011
Express Trane.
miércoles, 5 de enero de 2011
Bluesnik
Fotografía: Alfonso Solano
BLUESNIK
Era cerca de las 10:30 en la pesada noche del lunes cuando Jack se dispuso a tomar el tren para dirigirse al bar ville donde solía tocar con frecuencia. Mientras miraba por la ventanilla del tren las candilejas de la gran ciudad luz, Jack veía incesantemente, como en una película de Stanley Kubrick, los círculos concéntricos a su alrededor que lo acosaban sobre todo, cuando se aproximaba la noche. Una vez que llegaba al bar, después de saludar a sus compañeros, se dirigía al baño y se lavaba la cara para apaciguar un poco la fatiga producida por las visiones constantes. Allí en el bar fue donde Jack vio por primera vez a la bella Cecille. El Ville es un lugar que nadie debería visitar desarmado, en especial si es un mito-melómano. En eso era a lo que era fiel Cecille. Siempre buscaba uno de esos sillones mullidos y cansados de los que se ubican en la esquina de la barra, cerca del escenario. Ella iba allí religiosamente todos los lunes. Lo que no se imaginaba Jack Morgan es que ella acudía a ese lugar para escucharlo tocar y verlo cuando tomaba su trompeta y la elevaba, como izando una bandera, en medio de un solo hipnótico, vigoroso y viril cuando el grupo tocaba el tema fetiche de cada noche: Giant Steps de John Coltrane. Ahora olvidé porqué escogí este tránsito…Ah! Ya lo recuerdo. Los clubs, al fin y el cabo son eso, clubs. Aunque existen y se abren por razones puramente crematísticas (y no para los músicos). Si vamos a ellos y encontramos un lugar privilegiado como encontró Cecille el suyo y lo mantenemos, si es a un gran músico a quien escuchamos, es muy probable que nos lleve más allá de la mezquindad y la estupidez de nuestros amados y bellos enemigos. Jack Morgan podía hacer eso. Llevarte a un lugar que nunca antes habías visitado. Lo ha hecho por Cecille más de una vez..! y su música es una de las razones por las cuales el vestido del suicidio resulta, realmente aburrido.
Cecille lo había visto entrando al bar cuando llegaba, siempre retardado, a cumplir con su faena nocturna. Desde los rincones sombríos, malolientes e intrincados del interior del Ville, un blues danzaba incesantemente y coqueteaba con las horas. Daba vueltas y no cesaba en su rutina circular. Jack lo atacaba con soberbia maestría. Arrancaba a toda velocidad sobre el tema y en medio de su exposición de notas, demoraba la melodía para el final. Cecille miraba y escuchaba hipnotizada el sonido trepidante de las notas que salían de aquella trompeta. Jack rodeaba el blues, hacía uso de obstinatos, notas pedales, escalas poco habituales, siempre con una lógica impecable. Al acabar su solo, Jack intentaba mirar sobre la densa niebla que se disipaba espesa en medio de la sala. Cecille sonreía y todo su cuerpo vibraba como la algarabía de una alfombra de langostas nocturnas en medio de la oscura carretera. Él solo se percató de su presencia cuando se aproximó a la barra a tomar su habitual trago entre los descansos del set. Ella lo miraba potente y firmemente. Jack sintió los agudos y punzantes ecos de su mirada sobre sus hombros.-- Vaya Jack, el gran Jack Morgan, al fin puedo conocerte-susurro alegre Cecille-. Él la miro con descuidada confianza.
-Te conozco?
-No, en realidad-respondió atenta Cecille.
-Pero creo que te he visto en otras noches-replicó Jack
-Es probable… Cecille, me llamo Cecille.
-Es un placer... Jack se quedó mirándola a los ojos profundamente, mientras le tomaba la mano…
-Me disculpas un momento, por favor…
-Si, claro, no hay problema vaquero-expresó un poco confusa Cecille.
Jack se alejo con prisa al fondo del escenario. Ya había comenzado a tocar todo el grupo el segundo set de la noche y Malcolm el baterista le hacía señas a Jack desde el plató. Jack ni se inmutó. Buscaba algo un poco azorado en el fondo del bag de su trompeta desesperado como quien no desea que se le escape ni un solo minuto porque siente, que allí, se le va toda la vida.--donde estará demonios!!! –sé que lo he visto… en algún lugar de…Allí estas..! Sobre la palma de la mano Jack sostenía un amuleto de plata. Lo apretó con fuerza en su puño. Era algo así como una cruz de plata con una viva flor roja en medio de las dos astas donde se unen los vértices para formar la cruz. La acercó a sus ojos para detallarla, la volteó a discreción y la acercó aun más. Allí pudo leer a media luz una inscripción que decía: “Et tout, le reste est rien”. Aquella frase le retumbaba en su mente con un eco inusitado…Et tout, le reste es rien… De pronto recordó a su madre sentada al sur de la nada, recitando los versos de un pasaje del poeta Mallarmé sobre su amigo Verlaine. “Quien busca, recomienda el solitario salto hace poco exterior de nuestro vagabundo Verlaine? Entre la yerba está oculto, Verlaine”… Jack se quedó como suspendido y de pronto se le iluminó el rostro. En esa frase estaba la clave que buscaba. Ciento de horas y horas ensimismado viendo círculos concéntricos, dando vueltas sin cesar. Esa imagen se repetía constantemente y lo acechaba a cada minuto, a toda hora, sobre todo cuando se aproximaba la noche. Pero ahora de pronto, vio la ominosa claridad. La entendió. Veía ráfagas luminiscentes sobre los círculos y en el medio, la luz solemne. Tomó su trompeta, la empuño firme y la elevó hacia el cielo, una vez más…La música que salía de aquel instrumento era de una belleza desconocida, intrigante, desoladora. La música invadió toda la pequeña sala de aquel bar con remolinos enormes que se esparcían por las paredes y el techo. Todos los que estaban allí, incluyendo a Cecille, se vieron en medio de una tierra baldía, silenciosa y solemne. Esa música viva era el lenguaje de todo este ignoto lugar. Y Jack pensó en su madre y en Cecille que se quedó paralizada en medio de la sala. “Si puedes oír esta música te hará llevar a la tierra recobrada y, cosas maravillosas y extrañas te pueden suceder”. Yo mismo podría, muy bien, convertirme en una de ellas.
Alfonso Solano.
martes, 4 de enero de 2011
La noche Oblicua de François Migeot
Noche
La noche, como sustancia generadora de silencios y resplandores, está presente en toda la obra poética de este francés espigado y discreto y discurre con todo su caudal, especialmente en el poemario Formes de la nuit (formas de la noche) que está incluido en la antología poética que publicara Monte Ávila en mayo de este año. En él advertimos una virtud particular: la condición nocturna como la constatación de un viaje hacía lo más profundo del alma humana. Un inside revelador, en todo el sentido que tiene este término inglés. Migeot nos revela sus visiones nocturnales y nos hace cómplice de su abandono:
Velando
El “vuelo nocturno de los pájaros hechos de mano” hermosa visión del laberinto de soledad en el que todos los hombres nos encontramos en nuestra existencia. En la realidad de los días que pasan desaparecidos entre dos luces, los caminos, ciertamente, nos persiguen adentro. Son en definitiva esa verdad constante en la que las visiones nocturnas se nos tornan agobiantes y en las que se nos revela la sustancia de lo inasible, como nos dice lúcidamente Octavio Paz: “El hombre es nostalgia y búsqueda de comunión. Por eso cada vez que se siente a si mismo se siente como carencia de otro, como soledad”. Nada más cierto en la experiencia surgida del silencio de las palabras que Migeot asoma con toda desmesura en la oscuridad de sus versos:
Rostro
Y luego, en el abismo que separa los dos mundos, la dialéctica del alma discurre por caminos insospechados:
(…) La colina se arrodilla
De igual manera, la noche engendra a la amada desconocida y la convoca para los rituales secretos compartidos en la memoria de los tiempos:
Escuchar (…)
La noche es convocada aquí, con el aroma aciago del cuerpo ajeno que se anhela y se respira. Sin él la noche moriría, como nos recuerda Juan Carlos Santaella en su lúcido ensayo Breve tratado de la noche: “Sin la noche, el amor sucumbiría, dejaría de ser “la libre elección del vértigo”… porque no hay experiencia amorosa que no surja de las incandescencias nocturnas, de los resplandores furtivos de la oscuridad”. Es, en efecto, la evocación nocturna del deseo que se vuelca con toda su carga impetuosa en medio de los versos. En otros, sucumbe ante las visiones de un avatar desolado, abandonado en medio de la luna:
Tregua
La realidad constante y sin duda elusiva que produce la noche en medio de nuestra soledad, alimenta prodigiosamente una verdad resonante que persiste en la palabra: el sueño. Gastón Bachelard no los recuerda en una aguda reflexión: “La ensoñación de un soñador alcanza para hacer soñar a todo un universo. El descanso del soñador basta para dar reposo a las aguas, a las nubes, al viento”. Este viaje, nos dice Santaella “suele hacerse bajo la supervisión estricta de la noche y nos conduce hacía una zona atemporal, donde la realidad cobra una doble significación: La de la sombra y el misterio…” Misterio no revelado que hunde sus garras para hacernos revelación: “Luego del derrumbe de palabras, debajo de las conciencias, pedregal de imágenes, desprendido de la víspera, uno palpa las paredes del momento y busca una puerta por donde pasar…” Al final del día, estas evocaciones nocturnales nos conducen hacía “la serena clarividencia” y siembra en nuestras almas el misterio del clamor por la huida, que se complementa con la muerte, el nuevo nacimiento hacía una otredad desconocida e ineludible. François Migeot, con este lúcido poemario, no los recordará para siempre.
Las puertas infinitas de Alberto Hernández

Un lento deseo de Palabras

