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lunes, 26 de septiembre de 2011

Hanni Ossott: La larga noche del alma.



“Si pudiese caracterizar al poeta diría que es el hombre que anda en muletas, muletas del alma”.     
Hanni Ossott                                                                     

 Por: Alfonso Solano.
Existe una realidad-otra que pervive dentro de los seres, a través de la cual, se manifiesta toda una complejidad que no es reino ni de la razón ni de lo tangible y perecedero. Es una realidad que subyace en lo etéreo, en lo subliminal. Lo alberga el espíritu, el vehículo por el cual “el alma” cede a toda sabiduría y misterio. Una sabiduría dictada por los dominios suprareales de los fenómenos donde interactúa una verdad asida que contiene todo el secreto y la revelación del cosmos y el universo en su infinitud. Esto ha sido objeto de estudio tanto de filósofos antiguos griegos como Aristóteles hasta los más “modernos” como Schopenhauer o Heidegger. “Mucho antes del que el concepto moderno del alma tomara forma y el sentido que hoy se le atribuye, éste ya poseía un carácter definitivo y claro en las interrogaciones íntimas de aquél que las invoca y las hace hablar a través del corazón” como nos acota prudentemente Juan Carlos Santaella en su estudio sobre la noche y el alma, incluido en su ensayo “breve tratado de la noche” (Colección “Fuegos bajo el agua”, 1era edición, 1995.). En el mismo, el brillante y lúcido ensayista venezolano aborda todo este tópico con una profundidad y claridad que hace ver toda una revelación en la verdad que oculta el paso de la nocturnidad en los dominios del alma. “Se acudía al alma y no a la razón, para develar las pasiones, ordenar el sentimiento, comprender el destino, y, en fin, acceder por intermedio de su voz subterránea, a un orden de aproximaciones vivenciales que ningún otro saber podía ofrecer con tanta exactitud” (ibid,pag.65). Esta razón, promulgada a través de los intersticios sublimes del experimentar en la ensoñación y la vigilia, alimentó de manera prodigiosa y diríamos, de forma medular, toda la poética de Hanni Ossott (1946-2002).  Esto se reafirmó a través de su experiencia vivida en la luz de los espacios cedidos en la “ausencia de la memoria”, un espacio-otro que iluminó con su gesto inusitado el liminar del alma y que creó una de las poéticas más encandiladas, ceremoniales e iniciáticas que se conocen en todo el panorama poético contemporáneo venezolano.

Leer la poesía
Todo acercamiento a la poesía debe hacerse desde una tribuna de contemplación pasiva y con una actitud vigilante pero humilde, abierta a toda riqueza que pueda aportar dicha experiencia. Este lector de poesía debe poseer una cualidad singular: “debe tener la edad del poeta” pero no la edad cronológica “sino la edad mental, anímica, psíquica”, nos dice Hanni Ossott en su ensayo “como leer la poesía” (Hanni Ossott, “Cómo leer la Poesía” Bid&Co editores, 2005). Su acercamiento, convicción y concepción del mundo poético era de tal magnitud, que podía vivir un romance eterno con los poetas que despertaban su interés. Esto lo experimentó con Rilke, “el poeta atormentado de Praga” como solía ella llamarlo. Hanni tradujo a nuestro idioma la obra “las elegías de Duino” pero antes, tuvo que experimentar un acercamiento a su obra de una manera poco inusual “hace 23 años conocí a Rilke. Fascinada por él quise hacer mi trabajo de grado sobre su obra, pero no pude. Había en ese entonces ciertas imágenes que no comprendía. Pero no lo abandoné, seguí leyéndolo con fervor, pasivamente, escuchando…” (ibid., pág. 16). Le ocurrió lo mismo con otros poetas y esta vez, su pasión y entrega aumentaban a medida que se adentraba en los laberintos acuosos de los versos. Uno de los más singulares poetas con los que se unió indefectiblemente en pasión, fue el martiniqueño Henri Corbin. “Hace muchos años vi en una revista la cita de un verso de Henri Corbin. En ese momento quedé maravillada y su nombre fue guardado por mi en mi cerebro (…) Desde hace siete días ando con el libro “lejos como un viaje”. Si acaso he podido leer siete poemas. Uno por noche. Leo los poemas en voz alta, los transcribo en mi cuaderno como cualquier Pierre Menard, se los leo a mis amigas por teléfono. Ahora tengo con quien orar de noche desde la magnificencia” (ibid., pág.15). Con igual procedimiento y diríamos, con una entrega casi infantil, se dedicaba a escrutar en los escenarios mágicos y elusivos que provenían de las profundidades, abismos y evanescencias de las lecturas de sus poetas favoritos. Ella se encerraba en su cuarto, allí, mientras leía y se sumergía en el océano de las imágenes, realizaba su ritual singular; danzaba, hacía muecas, se contorsionaba, se tumbaba en el piso, lloraba y, de esta forma, bajaba de manera prodigiosa a las profundidades oscuras de su subconsciente. Al regresar de esa otredad luminosa, traía consigo todo el tesoro que los silencios procuran en el vacío de la existencia, tanto en el poema como en la vida misma. Con toda razón ella exclamaba: “los poetas son difíciles de leer (…) cada quién sostiene a un poeta”. Y yo agregaría; cada quién, de igual forma, sostiene sus fantasmas y demonios.

La Otredad Visible
Para Hanni Ossott, la poesía era una prolongación de la existencia. Ella respiraba, habitaba a través de la poesía. Esta concepción mística, iniciática de la experiencia poética, la apreciamos en forma corporal en sus ensayos, donde se aprecia una presencia dentro de la memoria de la palabra ,vista por medio de la  sujeción a una realidad que estaba más allá de la temporalidad inmediata. En su libro “Memoria en Ausencia de Imagen, Memoria del Cuerpo” (Fundarte, Caracas.1979) nos aproximamos a esta cosmogónica visión en la que siempre brota el germen fructífero de la poética vista como un elemento aglutinador del ser: “lo único experimentado desde allí (desde el pensar) es que se es. Saber se opone entonces a Ser. Para el saber, vivir a ras del ser significa una forma de muerte”. Esta, obviamente, es una concepción bastante heideggereana del existir en la experiencia poética, pero diríase que se torna lúcida en la medida en que nos adentramos en su propia obra lírica. Como Rilke, para Ossott, el poeta es un receptor de “lo excesivo de la existencia” y recupera para los hombres, la vida. “La poesía afirma la vida por lo que tiene de cárcel y libertad, devolviendo al hombre a lo que es. Ella le ofrece al hombre sólo el espejo donde contempla la gracia de su desgracia, el esplendor de su ruina: lo anhelante, el deseo de unidad, allí donde se es escisión, fisura” leemos en su ensayo “Obra, deseo, muerte y unidad” (capítulo 2., pp. 15-16) incluido en el texto que antes mencionamos.
Esta singular concepción del hecho poético es plasmada con desmesura y esplendor en toda su obra poética. Precisamente en su poema “Alma”, incluido en su libro “Hasta que llegue el día y huyan las sombras” del año 1983, apreciamos esta noción de ceremonial iniciático del ser:
“Cerca del peligro, plenamente disponible
                                                            -el alma
Entre corrientes, avanzando ciega
Colocada entre lo infernal y la quietud.
Hay una tempestad que arranca el tronco y lo arrastra
Hay una escisión en ascenso desde lo hondo
Una marea, un fervor”
En este sentido, podría decirse que su poesía es, ciertamente, una extensión de su propio ser. El corpus de su poética está infiltrado por las visiones aparecidas en sus largas horas de contemplación y ensoñación. En este aspecto singularísimo de su poesía se acerca a otra de las poetas capitales de los movimientos de vanguardia, ocurridos a la luz de la aparición del Surrealismo y el Creacionismo, extendido en Suramérica a través de poetas como Vicente Huidobro y Pierre Reverdy en las revistas Sic y Nord-Sud. Nos referimos a Olga Orozco (Argentina 1920-…) una mujer que supo crear mundos paralelos y sufrió-como muchas- la escisión propia de bajar a los abismos insondables del ser en su empeño de recrear a través de los sueños y la ensoñación misma, su “atanor cósmico , su retortas del arte espagírico que mueve los líquidos universales y las salamandras multicolores, para poner en ejecución un magma de transmutación de los elementos: el refundido de la noche, la amalgama del amor, la presencia de la muerte y, por sobre todas las cosas, la idea de la infinitud de Dios” como lo acota de forma lúcida el poeta y ensayista Manuel Ruano en la introducción y estudio de su Obra Poética,  que fue publicada por la biblioteca Ayacucho en el año 2000. Para Ruano, la poesía-en consonancia con nuestra poeta- “se sueña siempre así misma”. De esta forma, Hanni Ossott nos convoca, a través de sus poemas y reflexiones, a un mundo vasto en sus límites, exultante y gravitacional, un mundo que al decir de Bachelard convoque a la “lengua de los poetas que debe ser aprendida en forma directa, precisamente, como el lenguaje de las almas”.

lunes, 4 de julio de 2011

La visión Femenina en la fotografía

EL Ojo del Animus: Una mirada fotográfica Femenina.
                                                                                    Por: Alfonso Solano

“Una fotografía es un secreto sobre un secreto, cuanto más te dice, menos sabes”
                                                                                   Diane Arbus.
                                                                   
   


En la historia de nuestras civilizaciones modernas, cada momento histórico presencia el nacimiento de unos singulares modos de expresión artística que se corresponden, desde luego, con el gusto y las maneras de pensamiento de una época. Y en el seno de la estructura social con todas sus complejidades y abordajes de estilo “toda variación influye sobre las modalidades de la expresión artística del momento” como nos dice la investigadora de arte de origen francés Gisèle Freund. En la vida contemporánea, la fotografía ha ejercido una influencia capital. No es necesario detenernos aquí en los alcances que esta invención ha tenido sobre la vida moderna; basta con mirar a nuestro alrededor para comprobar, no sin asombro, que las imágenes fotográficas nos acechan en cada rincón y que en nuestro estilo de vida, forman parte de la cotidianidad. La fotografía se ha vuelto indispensable, tanto para la ciencia en los avances tecnológicos como en el arte de nuestro tiempo. Es allí donde reside su importancia política, como nos advierte, de nuevo, Gisèle Freund: “La fotografía es el típico medio de expresión de una sociedad establecida sobre la civilización tecnológica, consciente de los objetivos que se asigna, de mentalidad racionalista y basada en una jerarquía de profesiones” (Gisèle Freund. La fotografía como Documento Social, Gustavo Gili editores S.A., 1976 p.8) Luego, mas adelante acota con puntualidad “Se ha vuelto para dicha sociedad un instrumento de primer orden, por su poder para reproducir exactamente la realidad externa” (p.8). Es por esta razón que la fotografía, mas que cualquier otro medio, posee el poder para expresar-a través de sus códigos de retórica visual- “los deseos y las necesidades de las capas sociales dominantes y de interpretar, a su manera, los acontecimientos de la vida social.”(p.9)
Es precisamente este tópico de lo social lo que han abordado y registrado, una serie de fotógrafas norteamericanas e inglesas de mediados  del siglo XIX y comienzos del XX, las cuales han pasado a la posteridad como verdaderas “documentalistas sociales”.

El Retrato Íntimo

Una de las primeras cronistas fotográficas de la historia fue la Inglesa Julia Margaret Cameron (1815-1879). En la Inglaterra victoriana, las paredes de los hogares de la alta sociedad contenían retratos clásicos de personajes célebres que lucían prendas elegantes y posaban con una actitud flemática y sobria. Julia Margaret Cameron, sin embargo, inició una serie de retratos íntimos que rompía con los estándares establecidos en su época. Ella se acercó de una manera más directa, discreta y cómplice ya que sus retratos huían de la meticulosidad para ensayar otro tipo más intimo y romántico, resaltado a través de sus enfoques suaves (soft focus) y extendiendo el registro con un contraste de claroscuros  que transmitían de una manera más fiel, el aspecto biográfico de sus personajes retratados. Margaret Cameron, tía abuela de la célebre escritora Virginia Wolf, está considerada como una verdadera pionera de la fotografía; la primera mujer en esta profesión que merece ostentar el título de artista fotográfica. Sin embargo, el hecho de ser mujer, es lo que la reviste de importancia puesto que en esta época victoriana, caracterizada por una visión social con acentos misóginos, el que una mujer se dedicara a la fotografía de la manera en que ella lo hizo, constituía un insulto, casi una herejía. Nacida en Ceylan en 1815, en el seno de una familia de diez hermanos, fue educada en Francia hasta los 19 años, edad a la que volvió de nuevo a la India.Vivió en este país hasta los 33 años, luego se traslado con toda su familia a la Isla de Wight en Inglaterra. En una oportunidad, con motivo de la partida de su marido a un viaje largo de trabajo, su hermana le regaló una cámara para apaciguar su soledad. Este hecho es de una significación capital, ya que  Julia, que contaba para entonces con 48 años cumplidos, pudo dedicarse con tiempo de sobra a registrar con su cámara, tanto a sus familiares como a los vecinos más cercanos. Convirtió un galpón de carbón en un improvisado laboratorio y un cuarto de niños en su estudio personal. Obligaba a sus retratados a posar por largos periodos de tiempo, ataviados con ropas extravagantes, para así poder registrar el tono adecuado que ella buscaba en sus retratos, procesados en su laboratorio con el procedimiento químico conocido como placas de colodión, aprendidos con el asesoramiento de su amigo Sir John Herschel. Ella es la autora de uno de los retratos mas famosos que se le hiciera al investigador naturalista Charles Darwin. Murió en Ceylan en 1879.


                        



¡Manos fuera, sin perturbación!

El protagonismo de la mujer como ente liberador y generador de ideas y como expresión de una sensibilidad ligada a lo social y a lo artístico, aunque ingente, ha sido reconocido en el ámbito de la fotografía, de una forma tardía. De manera que, afrontar una perspectiva de la historia de la fotografía bajo la óptica femenina, resulta comprometedor aunque se justifica por el contraste entre la valiosa aportación de muchas artistas y en la escueta representación de mujeres en esta disciplina. El género fotográfico, en todas sus vertientes y múltiples expresiones, sigue siendo dominado por hombres. No obstante, la presencia de la mujer, aunque escasa, ha marcado una huella significativa e indeleble para registrar momentos importantes en la historia contemporánea. Fue esto, precisamente, lo que motivó al prestigioso museo de Nueva York conocido como el MOMA a organizar en el pasado septiembre del año 2010, una muestra colectiva fotográfica sin precedentes: Imágenes tomadas por Mujeres: una historia de la Fotografía Moderna”. En esta exposición, se apreció de forma tangible, la particularísima visión fotográfica que poseen las mujeres cuando enfocan su objetivo: la atención especial a dramas cotidianos y una empatía con los personajes que aparecen en sus fotografías. En esta perspectiva destacan las imágenes de las familias inmigrantes del sur de E.E:U.U. y sus condiciones de miseria padecidas a raíz de la depresión económica que sufrió esa nación en los años 20. Este ensayo pertenece a una de las más premiadas y admiradas documentalistas de América: Dorothea Lange (1895-1965)
En efecto, esta inquieta mujer viajó por el mundo registrando las condiciones de vida de numerosas sociedades. Uno de sus trabajos mas difundidos, aparte del trabajo que realizó para la Farm Security Administration, es el realizado en los años 40 durante la guerra en los campos de refugiados de americanos en la nación japonesa. Con respecto a su método de trabajo ella solía decir: “Mi enfoque se basa en tres consideraciones: en primer lugar, ¡Manos Fuera! aquello que yo fotografío ni lo perturbo, ni lo modifico ni lo arreglo. En segundo lugar; busco un sentido del lugar, del ambiente donde ocurren los acontecimientos… y por último trato de dar un sentido del tiempo en que ocurrió lo acontecido”

Dorothea Lange photos




                         


El canto de los Freaks

Con una visión radical y oscura y una mirada sobre aspectos psíquicos y fenomenológicos que muchos calificarían de perturbadora y morbosa, Diane Arbus (1923-1971) también abordó el aspecto documental de la fotografía pero esta vez su enfoque se centraría en los que los sociólogos llamarían “excluidos de la sociedad”: Freaks(fenómenos de circo), Enfermos mentales, enanos, gigantes y familias disfuncionales. Su acercamiento a la fotografía estuvo motivado, entre otras razones, por traumas sufridos por ella en su etapa de niñez y adolescencia y que, soterradamente, invadieron su imaginación y alucinaciones, que se presentaban a menudo en sus sueños nocturnos. Precisamente esto es lo que destaca de sus fotografías: ella centra su ojo en los aspectos ocultos y extraños de las personas que los demás rechazan o se rehúsan a ver. Por esta razón ella sostenía sin ambages: “Quiero producir temor y vergüenza en el espectador”.
En la exposición del MOMA, mencionada anteriormente, la visión de la denuncia social también fue representada con los trabajos de Martha Rosler (Nueva York, 1943) una fotógrafa contemporánea que ha centrado su interés en la problemática del urbanismo, de los aspectos sociales de la mujer y la influencia negativa de los medios de comunicación modernos. Rosler inició sus primeros ensayos fotográficos en los años setentas que consistían en fotomontajes. Introdujo para esos años, elementos disonantes (figurillas de militares, objetos cotidianos, destrozos de la guerra, etc.) en representaciones de epifanías que evocaban las visiones torcidas y acartonadas de los hogares de clase media y alta americanos, influidos por la dominación de la televisión y

                                    Diane Arbus en el central Park de Nueva York.


los mass media como los denominó el catedrático canadiense Marshall McLuhan. También en esos años de cambios y protestas sociales, emergen figuras como Louise Lawler que, en correspondencia con los trabajos de artistas como Sherrie Levine y Cindy Sherman, adoptan la fotografía como un medio de expresión crítica para cuestionar la función social del arte. Su enunciado de principios es todo un manifiesto: “Estamos en contra de la utilización por parte de la élite económica y política de la obra artística como legitimadora de una noción tradicional de la historia como concepto inamovible y monolítico que refuerza las estructuras de poder y el discurso de autoridad de las clases dominantes”.
En conclusión, La  visión de denuncia de los hechos sociales y determinantes que marcan a una sociedad y que la conducen por “una espiral de decadencia” es la razón prima que mueve a las fotógrafas alrededor del mundo para enmarcar sus ensayos y denuncias. Sin embargo, según la mayoría de los críticos como el periodista británico Simón Schama, esta visión de la fotografía comienza a dar vueltas sobre si misma ya que la pluralidad de enfoques diversos, algunos de ellos sin conexión aparente, hace que se pierda la concepción de la esencia conceptual. Quizá el único nexo en común sea  el simple hecho de representar una minoría, en medio del universo fotográfico dominado en su gran mayoría por la visión masculina. De hecho hoy en día, de los 80 fotógrafos que componen la nómina de la gran agencia Magnum, solo 7 son mujeres. Y eso ya es un gran logro. No obstante, el otro ojo del animus fotográfico persistirá para adentrarnos en un universo singular y pletórico de poesía y drama, conjugados en una misma fórmula. Esa es la característica básica de la complejidad femenina, tanto en el arte como en la vida cotidiana.



                                                                        Diane Arbus

martes, 4 de enero de 2011

La noche Oblicua de François Migeot

 









El lirismo de Luz negra de François Migeot

“8000 demonios ocultos
Nos gritan que el insomnio
Es tierra de exilio, sin leopardos ni ríos”
Juan Sánchez Peláez.
Por: Alfonso Solano.

Pocas circunstancias en la vida en la que, efectivamente, nos encontramos desnudos ante nosotros mismos y acompañados de nuestros “demonios habituales” es comparable al misterio que nos produce lo nocturno, a esa embriaguez mágica lunar y a sus vínculos imaginarios y elusivos que nos evoca las tinieblas. La noche, con toda su carga de realidades oníricas y suprareales, ha sido desde tiempos inmemoriales, motivo y espacio de revelaciones secretas, alma y probidad de lo desasido, polvo de origen ultraterreno y compendio de los sueños que se revelan ante nuestro asombro y miedo. La nocturnidad, secreta y reveladora, ha fungido en casi todos los ámbitos de la literatura y del imaginario social, como una viuda triste y pesarosa que no cesa nunca de contarnos sus penas. Sin embargo, y a pesar de su presencia constante en la vorágine creativa de la vida, tanto de poetas como artistas de toda índole, carece de una historia oficial. Es materia desconocida en términos de estudios, precisamente porque se puede trazar una investigación de largo aliento en temas humanos diversos, pero procurar hacer los mismo con la noche, es tarea arduo difícil, por no decir improbable. No obstante su vacuidad historicista, ha sido en cambio, el tejido neural y la práctica alucinada del misterio irracional de todos los poetas contemporáneos desde que surgió, como es sabido, de las fuentes prodigiosas de la frisson nouveau a la que Víctor Hugo aludía refiriéndose a los poetas malditos. Y es precisamente un francés, discreto y elegante, llamado Francois Migeot quien aborda este “eclipse” que difunde las tinieblas cuando las palabras se nos revelan con todo su halo de misterio:

Noche
boca apagada
una multitud corre sin cabeza
en los pasillos alumbrados
del alma
Uno se pierde en sí mismo
quimera de imágenes
balsa de palabras.

La noche, como sustancia generadora de silencios y resplandores, está presente en toda la obra poética de este francés espigado y discreto y discurre con todo su caudal, especialmente en el poemario Formes de la nuit (formas de la noche) que está incluido en la antología poética que publicara Monte Ávila en mayo de este año. En él advertimos una virtud particular: la condición nocturna como la constatación de un viaje hacía lo más profundo del alma humana. Un inside revelador, en todo el sentido que tiene este término inglés. Migeot nos revela sus visiones nocturnales y nos hace cómplice de su abandono:

Velando
en sus mechas hechas de insomnio
nos quemamos
aclaramos
acechamos la salida de los aparecidos
para el vuelo nocturno
de los pájaros hechos de mano.

El “vuelo nocturno de los pájaros hechos de mano” hermosa visión del laberinto de soledad en el que todos los hombres nos encontramos en nuestra existencia. En la realidad de los días que pasan desaparecidos entre dos luces, los caminos, ciertamente, nos persiguen adentro. Son en definitiva esa verdad constante en la que las visiones nocturnas se nos tornan agobiantes y en las que se nos revela la sustancia de lo inasible, como nos dice lúcidamente Octavio Paz: “El hombre es nostalgia y búsqueda de comunión. Por eso cada vez que se siente a si mismo se siente como carencia de otro, como soledad”. Nada más cierto en la experiencia surgida del silencio de las palabras que Migeot asoma con toda desmesura en la oscuridad de sus versos:

Rostro
barca
uno deriva
solo en si mismo
cada día un brazo muerto
Y naufragar
sin ni siquiera
reconocerse
y ya el mundo guarda lentamente
las sombras para la huida.

Y luego, en el abismo que separa los dos mundos, la dialéctica del alma discurre por caminos insospechados:

(…) La colina se arrodilla
y baja los ojos
Luego la noche entreabierta
detrás de la esperanza
en el movimiento de la cortina.

De igual manera, la noche engendra a la amada desconocida y la convoca para los rituales secretos compartidos en la memoria de los tiempos:

Escuchar (…)
El bastón de ese corazón
Que marcha
Como un ciego
A tientas
En las carnes
Al encuentro del tuyo.

La noche es convocada aquí, con el aroma aciago del cuerpo ajeno que se anhela y se respira. Sin él la noche moriría, como nos recuerda Juan Carlos Santaella en su lúcido ensayo Breve tratado de la noche: “Sin la noche, el amor sucumbiría, dejaría de ser “la libre elección del vértigo”… porque no hay experiencia amorosa que no surja de las incandescencias nocturnas, de los resplandores furtivos de la oscuridad”. Es, en efecto, la evocación nocturna del deseo que se vuelca con toda su carga impetuosa en medio de los versos. En otros, sucumbe ante las visiones de un avatar desolado, abandonado en medio de la luna:

Tregua
antes del regreso de la calle
de la marcha sobre el polvo de la ciudad (…)
antes del duelo del mundo
que uno clava paso a paso
esperando durar (…)

La realidad constante y sin duda elusiva que produce la noche en medio de nuestra soledad, alimenta prodigiosamente una verdad resonante que persiste en la palabra: el sueño. Gastón Bachelard no los recuerda en una aguda reflexión: “La ensoñación de un soñador alcanza para hacer soñar a todo un universo. El descanso del soñador basta para dar reposo a las aguas, a las nubes, al viento”. Este viaje, nos dice Santaella “suele hacerse bajo la supervisión estricta de la noche y nos conduce hacía una zona atemporal, donde la realidad cobra una doble significación: La de la sombra y el misterio…” Misterio no revelado que hunde sus garras para hacernos revelación: “Luego del derrumbe de palabras, debajo de las conciencias, pedregal de imágenes, desprendido de la víspera, uno palpa las paredes del momento y busca una puerta por donde pasar…” Al final del día, estas evocaciones nocturnales nos conducen hacía “la serena clarividencia” y siembra en nuestras almas el misterio del clamor por la huida, que se complementa con la muerte, el nuevo nacimiento hacía una otredad desconocida e ineludible. François Migeot, con este lúcido poemario, no los recordará para siempre.

Las puertas infinitas de Alberto Hernández


El hastío ascendente en Puertas de Galina .

Por: Alfonso Solano.
“El hastío es, en cierto modo, el más sublime de los sentimientos humanos…No poder conformarse con ninguna cosa terrestre ni, por decirlo así, con la tierra toda…y encontrar que todo es pequeño y mediocre en comparación con la capacidad de nuestro espíritu… todo ello me parece el mayor signo de grandeza y de nobleza que podamos hallar en la naturaleza humana.”
Giácomo Leopardi.

I

Al igual que la angustía, el miedo y el júbilo en el ser humano, el hastío es un sentimiento arraigado en el interior del hombre que se manifiesta, recurrentemente, como una “proyección metafísica” que se hace presente en el quehacer poético y en el devenir de todo el arte contemporáneo. En la historia de la poesía moderna no ha sido menos importante: desde la irrupción de los “malditos” franceses incitado por Mallarmé y Baudelaire, este sentimiento privilegiado por filósofos como Heidegger y Kierkegaard, ha conformado todo un tejido neural de tradición, donde aún, siguen bebiendo los poetas de todas las esferas. “el poeta aparece en este mundo hastiado” nos afirma Baudelaire en los primeros versos de las flores del mal, pero a través de él, en su esencia emancipadora, el hastío se convierte en el camino, como la posibilidad de elevación y sublimación adquirida para alcanzar las más soterradas verdades del ser. Significa pues, en esencia, superación de la realidad inmediata y penetración en un estado de plenitud y de pensamiento inefable, como nos recuerda el gran poeta nuestro Silva Estrada. En Puertas de Galina del poeta Alberto Hernández (editorial memorias de Altagracia, 2010. Caracas, Venezuela) estas verdades del ser están sostenidas desde ángulos confrontados; tanto el de la angustía como el de la euforia. Así lo apreciamos desde sus primeros versos: “el último tren agota la hora extraviada. Un pájaro imposible cavila en la iglesia vieja, y el río resume la eternidad en un hombre que mira la devota peregrinación de los inviernos”.
El invierno aquí se refiere a la hora menguada, a esa otredad invisible en donde todo poeta habita. El hombre que mira, que navega en este río imposible, sabe que su destino no es ascender a la ausencia, sino descubrir en el vacío, las piedras significantes del sentido, del éxtasis, de la dificultad que subyace en el habitar poético, en esa desmesura que conforman los desiertos anhelados en la extensión del último horizonte:

A juicio de la mirada
el mundo rueda en la cresta de Dios
Pequeña arqueología de pasos,
roces del viento,
una puerta abre el temor
y el tiempo lo sabe.

Solamente este tiempo que todo lo sabe, se expresa en “su poder que se cambia con el silencio”:

Sólo la sombra dice de quien se estaciona
en la noche bajo la alargada sílaba. Más allá,
donde el sopor no tiene carne, está la mujer
que ayer nomás legitimó el silencio.

II

Las primeras puertas, las que evocan un paisaje temprano de las ciudades españolas de Salamanca, Alcalá y Compostela, son el preludio de los sentimientos expresados a través de imágenes verbales consecuentes y enmascaradas: La errancia, la angustía, el extravío, el vivir entre “la sagrada embriaguez del ser que somos” en exacta correspondencia con la exigencia de lo humano, como afirma lúcidamente Hanni Ossott, en su brillante ensayo: Memoria en ausencia de imagen. Luego, más adelante, la recordada poeta y ensayista venezolana nos incita a la reflexión con una adecuada interrogante: “¿Que se presenta desde el saber cómo lo más evidente?.. La herida y su persistencia…bajo los escombros de ese sistema se abre y se revela, a su vez, la otra herida, aquella de quien pregunta porque no conoce y porque sus propios cimientos se fundan sobre la ausencia de unidad, el horror al vacío o la nostalgia de lo pleno”. Este medio, este “horror al vacío” esta errancia del ser, constituye la materia prima de estos versos que abren caminos al silencio, descubren escombros y allanan portales:

Tantas son las puertas, tantos los pasadizos
La ciudad huye de mis ojos
Y de espaldas reconozco la desgarradura,
La marca del silencio, el gruñido
La bestia que agotó el hueco de la muerte.

Aunque se mida y se sienta en todo el poemario la “humedad de la muerte” y la muerte misma asuma “su cara de milagro” esta muerte no significa, sin embargo, el final del camino. Al contrario esta muerte representa el cambio hacia una nueva vida, el traspaso de vivencias hacia el porvenir del silencio, la extensión probable de un ser humano que “ha desaprendido a andar y a hablar y está en camino de echar a volar por los aires…” (Friedrich Nietzsche: el nacimiento de la tragedia). Estos versos recuperan ese silencio, el “polvillo del remolino” bajo el mismo velo de la memoria y el hastío ascendente. Pero la poesía misma en su condición de engendradora de tiempos abiertos y sedientos de espacios reveladores es, de igual forma, fundación; eros y poiesis, triunfando sobre los escombros, traspasando las puertas del olvido:

Bajo el velo, la melancolía. El portal le
imprime a la ocasión la presencia de una errancia
agreste(…)Teresa disipa las imágenes,
abulta la cicatriz en la mejilla, rescata
la palabra apagada(…)

Si, es la misma palabra apagada que se oye gemir bajos los portales, bajo esas errancias, bajo la vegetación, bajo “el musgo de los estropicios”. Esta palabra silente recobra, en instantes, el brillo enceguecedor, sereno y arcano, que se extiende álgido sobre las sombras:

De las sombras un solo espacio
la vuelta al vano de una espera
donde el tiempo atisba llagas
y memorias

Este tono profético ,y en momentos fundacional, este habitar en el poema como lo concebía Hölderlin, nos evoca la propia situación angustiante y elusiva que experimenta el poeta Hernández en su propia casa: la casa de su espuma interior, la casa de sus silencios y también, la de sus resonancias marchitas. Pero esta casa del poeta es más amplía: la condición de la realidad poética del hastío, vasta en sus límites, sorpresiva en el umbral en donde todo se torna en silencio, vigilia y contemplación, se materializa en una actitud de ascendencia y transcendencia que se sostiene firme en la inmanencia, en la contingencia, en la espera y su reluciente esfera. “El poema es una espera” nos afirma con lucidez Jacques Dupin (la difficultté du soleil, París, 1970) y más adelante agrega: “Lo que acontece a cada instante, excede nuestros límites y, a la vez, no basta a nuestro deseo…El poema es el cumplimiento de esa espera, la espera de una espera y su centelleo…” En Puertas de Galina el poeta es, a su vez, todas las puertas, todos los paisajes, todos los silencios.
En definitiva estas puertas, que todo lo abarcan, son el pasadizo por donde discurren los sentimientos de una poética arraigada a la piel misma del poema y su transmutación en imágenes verbales: la angustia, el desvarío, pero también el júbilo y la proyección metafísica de una vida poco común que se detona en su esencia descarnada con una vitalidad y una fuerza telúrica única: “Velado por la noche, por la brisa que sacude las horas, mi cuerpo retorna el limpio aire del silencio… el mundo se rompe bajo mis pasos.” Al final el poeta transciende, en una curva simbólica de alquimia, ese sentimiento del hastío permanente del vivir y lo convierte en creación poética lúcida, reveladora, fundamentada y felizmente ascendente.

Un lento deseo de Palabras



LO FUGAZ Y LO PERMANENTE
EN LA POÉTICA DE MANUEL CABESA.

Por: Alfonso Solano

En el mes de mayo del año que acaba de finalizar, la casa Editorial Monte Ávila editores presentó en la Ciudad de Caracas, el libro Un lento deseo de palabras que recoge toda la obra poética desde 1980 al 2003 del poeta, bibliotecario, narrador y ensayista Manuel Cabesa. Desde sus primeras páginas, donde asistimos a un rito privado de viaje al interior del ser que se interroga y en donde la palabra se va desnudando en su tránsito silencioso, el poeta evoca con tono celebratorio la presencia iluminada de la imagen femenina. Esta presencia, esta mujer, se va descubriendo en la medida en que los versos se adentran en los territorios donde bajo “el rumor de la tierra despoblada” el cuerpo primigenio, pasivo y sagrado de la mujer recorre, a lo largo del poemario, las imágenes sensibles de una vida consagrada al delicado y peligroso oficio de nombrar lo femenino en la palabra que transita la intemperie existencial. Desde vida en común hasta su último poemario escrito en el 2002 distante mundo ya perdido, esta presencia contenida en su verbo poético actúa como una fuga hacia la otredad desconocida, una especie de expiación hacia lo feérico femenino, lo cual caracteriza de una manera singular este poemario, escrito desde los territorios misteriosos de la palpitación, de la ansiedad y de la inquietud por descubrir el descarnado devenir del universo y la existencia que se transmuta en el corpo femenino, abandonado en el cuerpo del poema. Por esta razón el poeta nos dice:

Que pobre soy
Tan pobre que arrastro en mí camino
Las piedras más tristes…
Las palabras más hermosas
Hablan de tu piel.

En cada palabra escrita, en cada cara del verso, tiene lugar ese prodigioso encuentro entre el poeta que se oculta y la mujer que lo descubre:

El resplandor
De tu mirada
Extendida
Hacia la vertiente
De la noche
Recrea
La memoria del amor
Arraigado
En la imagen
Del poema.

En este acto de “conocer y nombrar” lo innombrable, el poeta se despoja de significados religiosos o definitorios y abriga el contacto con lo transmutable en el vértice luminoso del constante encuentro con la amada desconocida:

He cabalgado hasta las tierras labradas
Por los estertores del sueño
Buscando el pensamiento de los pájaros
Y ahora espero regresar a ti
Vencedor inefable del tiempo infinito.

Reiteración del regreso. Esperanza del encuentro, experiencia nietzscheana de la reiteración y del ensueño. El espacio poético siempre será posible si ha tenido correspondencia con la luz de la Nadja o la Elena de sus ensoñaciones, en la que el poeta evoca y nombra a la mujer desconocida, en un recorrido pasible por la senda “en el origen de la quietud y la sencilla lumbre” como nos dice con claridad meridiana el gran poeta nuestro Alfredo Silva Estrada en un ensayo acerca de la poesía de Elizabeth Schön.
En su segundo libro llamado secreta permanencia, escrito desde el año 82 hasta el 88, el poeta Manuel Cabesa, nos invita para que recorramos junto a él, su celebración de la palabra poética, su amor a ciertas cosas del amor, a “ciertos nombres de seres, de recuerdos, de frutos” como nos dice el epígrafe de Homero Aridjis que da inicio al poemario. “la poesía como el amor funda lo que permanece” nos dice un verso inicial de este poemario que trastoca los territorios ocultos de la palabra escindida de todo significado corporal, de toda significación lineal. Jean Walh nos recuerda que ser poeta “es efectuar un movimiento que va del inconciente a la conciencia”. Podemos ver este movimiento en los grandes poetas franceses de la modernidad, sobre todo en Paul Valery quien afirma con vehemencia que la significación, el pensamiento y los contenidos de ese pensar deben estar escondidos en las palabras del poema “como la virtud nutritiva en un fruto”. Nada más cerca de la verdad en el contenido de los versos de secreta permanencia donde se gestan las resonancias y las revelaciones de una palabra oculta, de una palabra secreta.

No solo de palabras frías
está formado el cuerpo del poema
adentro como en un cofre
guardo los sentimientos
de antes y después del naufragio…

Ese naufragio del poeta se expresa en las ataduras propias de quien sufre los embates del desamparo amoroso y los confina “como una flor de fuego y eternidad” al enigma en cuya simiente “nace y se destruye la verdad y la razón”. Esta reflexión en el contenido interno del poema nos recuerda lo que una vez escribió Sartre en su lúcido ensayo: ¿Qué es la literatura? cuando afirma que “entre la palabra y la cosa significada se crea una doble relación recíproca de semejanza mágica y de significación”. Esta significación, este reflejo de la realidad interna del verso está “vaciada en la palabra, absorbida por su sonoridad o por su aspecto visual”. Tanto para Sartre como para Valery esta significación en el pensamiento del poema nunca terminará de revelarse, puesto que “las modulaciones de ese desconocido son, en principio, infinitas. En principio, a no ser por la humana contingencia” nos recuerda Silva Estrada en su brillante ensayo acerca de la poesía y su significación en la obra de Paul Valery. Veamos el siguiente poema y asistamos, con el poeta, al signo oculto de su secreta permanencia:

Como la flor del durazno
es arrastrada con serenidad
por la corriente
Como los colibríes de primavera
elevándose hasta el cielo
Así las palabras habitan el poema
vestidas de jade.

En poesía “la palabra no pierde su significación, su sentido. Pero el sentido aquí se vuelve nada, se deshace, se desvanece apenas intentemos separarlos del sonido, del cuerpo poemático” nos dice Silva Estrada en el ensayo antes mencionado. Estos aspectos del poema en su resonancia interna, Cabesa los revela en su palabra como un resplandor en medio de un mar turbio y oscuro azotado por la tormenta de los vientos: “Mejor inventar un nombre menos doloroso, una soledad hermanada en la espiga del poema…qué somos sino máscaras franqueando años de espera”. En este estado poético, la inspiración como el sueño es “perfectamente irregular, inconstante, involuntario, frágil(…) y lo perderemos como lo obtenemos: por accidente” (Paul Valery; conversación sobre la poesía.) Luego, más adelante en su último poemario escrito en el año 2002, distante mundo ya perdido, el poeta nos afirma: “Al final todos somos rehenes de los días(…)con la extrañeza de un silencio arraigado entre las líneas del poema (…)" Y reafirma la presencia luminosa del deseo hacía la mujer “Basta un amor para nombrar lo inefable”. Así como existe un azar adverso en la poesía, hay otro azar inmediato que es su aliado: a veces “un sonido puro suena en medio de los ríos” (Silva Estrada: Valéry: el otro: el mismo).
Junto a su imagen poética transmutada en el Corpo femenino, con su andar lento de palabras podemos resumir, de igual manera, que toda palabra “es anterior a la figura que designa” y además que “toda palabra es anterior a si misma”. Al final, como en el poema inicial de secreta permanencia, admitamos y celebremos con el poeta de forma prodigiosa que “la poesía finalmente abra caminos consagrados por la luz”.