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lunes, 2 de abril de 2012

EL ÚLTIMO BRINDIS

En esta nueva entrega de nuestra columna ¨A tres voces¨ tenemos el honor de publicar un fresco y elegante  texto de  nuestro estimado poeta y amigo Alberto Hernández, quien no requiere de mayores presentaciones en el ámbito cultural venezolano. Es una reconocida figura del quehacer intelectual en nuestro país. Poeta, narrador y periodista de dilatada trayectoria. Cuenta de ello dan las numerosas publicaciones, entre las que suman poemas, ensayos, cuentos, crónicas. Hace unos  meses atrás tuve el honor de ser, entre otros amigos escritores, uno de los presentadores de su libro de poemas y aforismos "Poética del desatino", publicado por ediciones Estival. Damos la bienvenida a este espacio interactivo a nuestro entrañable poeta y amigo, quien hoy nos hace viajar a través de la memoria de imagenes-palabras de Anna Ajmátova, una de las voces fundamentales del itinerario poético contemporáneo.





“EL ÚLTIMO BRINDIS”

                                                                                                                 
 -Alberto Hernández-

                                                                                  

 

I

 No recuerdo en qué lugar del espíritu, en qué librería mexicana, me tropecé con el poema. Lo cierto es que allí estaba la Ana Ajmátova de “El último brindis”, religiosamente silenciosa, traída a mis manos por la traducción de José Luis Reina Palazón.
Un día, hace algunos años, nos vimos en el mismo espejo con esta poeta rusa, maltratada por el régimen soviético. Traducida para La liebre libre por Belén Ojeda, dejé correr estas palabras en nota hecha parte de un libro: “Un voz densa contiene el dolor. Un aliento apagado surte de silencio el espacio donde el llanto se apoca. Anna Ajmátova, desconocida y alejada, ruda y tierna, en medio de una endemoniada persecución...”. Nada ha cambiado desde aquella primera lectura, sólo que esta vez la traducción de Reina le da a la impresión del lector cierta aspereza que lo vuelca un poco más hacia la autora, toda vez que revela el clima de quien sufrió los rigores de un largo proceso revolucionario que terminó –como todos- en el hostigamiento, la tortura y la muerte.
El poema, abrigado por la primera persona, abunda en detalles de una vida que conoció el frío de las estepas y la desolación del destierro.
                                              Yo brindo por la casa arruinada,
                                              por la vida que sufrí,
                                              por la soledad a dos llevada,
                                              y también por ti-

                                             
                                              por la mentira de labios 
                                              traicioneros,
                                              por tus ojos fríos de muerte,
                                              por el mundo cruel y grosero,
                                              por Dios que no asignó la suerte.

                                                                                    

 

 

II

 Ajmátova escribió siempre en tono de despedida. La marca de este poema le asigna el reclamo a quien también formó parte de la traición, del olvido y la lejanía. Por eso no es fácil leer el dolor, y mucho menos el que suma el abandono de Dios, el tratamiento “cruel y grosero” del mundo. En este poema se resume el universo poético, la vida, de esta mujer que lo vivió y lo murió todo.
Perseguida por el estalinismo más feroz, formó equipo de sufrimiento con Ossip Mandelstam y Boris Pasternak. Los que la leímos hace años, lamentamos no haberlo hecho antes, pero la poesía clandestina soviética era eso, un sonido congelado en su propio eco por la mano férrea de una dictadura tan estúpida como proletariamente mentirosa. Los “ojos fríos de muerte” eran también la mirada de las estatuas donde reposaba el crimen del “padrecito” Josef Stalin.
Nacida en Odessa en 1889 con el nombre de Ana Andreievna Gorenko, publicó su primer poemario a los 23 años con el título de La tarde. Arrastrada a la maldición por la mirada permanente del “big brother”, su marido, el poeta Gumilev, fue acusado de contrarrevolucionario y pasado por las armas. Muchos de sus colegas de letras y amigos sufrieron la purga desatada por la “Gran Revolución de Octubre”. Los gulags se alimentaron de una carne demasiado sensible. En el año 38 del siglo que le tocó lacerarse, su hijo fue llevado a la cárcel. El frío de Leningrado supo de la espera de diecisiete meses al frente de la ergástula donde Lev sufrió el odio de un sistema terriblemente opresivo. En 1963 aparece en público el libro Réquiem, que contiene el poema “El último brindis”, donde vemos la razón de tanto dolor. Ese mismo año le fue concedido el Premio Internacional de Literatura.
“Yo brindo por la casa arruinada”. El país –su país- era esa casa, acosada por las garras de un poder sin sentido.
Cerca de la capital, en Domodedovo, muere Ajmátova en 1966. Su espíritu comenzó a recorrer el mundo, para disgusto de los dinosaurios de aquel proceso que terminó en un montón de palabras vacías, de seres humanos destruidos.
Este brindis, tan amargo como esperanzador por lo que lleva de fiesta (sólo por el trago de licor), se nos acerca mucho. Nos hace cómplices de “la vida que sufrí”, y nos arrastra hasta la orilla donde la sangre se detuvo para no manchar las aguas de un río imaginario.
En esta hora de cielo encapotado, escribo esta nota para recordar a esta mujer que salvó parte de nuestro íntimo universo.   

miércoles, 14 de marzo de 2012

Locura y Literatura

Continuando con el ciclo " A tres Voces" tenemos en esta oportunidad, la colaboración de nuestra amiga la escritora y psicólogo Marina Sandoval, quien en esta oportunidad nos entrega un interesante artículo titulado: Locura y Literatura. Esperamos, como siempre, que lo disfruten!



Locura y Literatura
                                                                                          
                                                                Por: Marina Sandoval

“El verdadero loco, porque no finge, comparte realmente un dominio con el artista: el de la ruptura. Pero la ruptura del artista es un sostén y un momento de su genio, el del loco es una prisión”
                        André Malraux (las voces del Silencio)

Se afirma con frecuencia la relación existente entre la locura y las artes. Evidentemente que la hay, pero no es una relación de causalidad, sino de casualidad. No se llega  a la locura por ser artista, ni el camino del arte conduce a la locura. Todas las biografías evocan la independencia de los grandes creadores, que se rebelan contra el orden social y se retiran del mundo para refugiarse en el exilio de la creación. El creador es un ser profundamente asocial, que desafía las convenciones, lo que hace que con frecuencia se le considere un loco; puesto que la locura se acerca a la insumisión.
Es probable que el yo creador, nazca de una problemática esencialmente depresiva, pudiendo la creación actuar de manera reparadora en ese yo. “Repercusión reparadora que en realidad es el modus operandi de la creatividad” (Phillipe Brenot). Compartiendo esta posición, Concepción Pérez Rojas sostiene, que la creación; lo mismo que magia y religiones, delirio y ciencia, tienen como motor fundamental la urgencia de la reparación del tiempo y el espacio del origen, la vuelta al estado paradisíaco.

La alternancia maníaco- depresiva ha sido evocada con referencia a numerosos creadores o personajes fuera de lo común, entre los cuales citaremos a Balzac, Auguste Comte, Lutero, Schumann,  Hemingway, Althusser, Gerard de Nerval, entre otros. El caso de Rimbaud, es emblemático y nos permite comprender la articulación entre creación artística y locura. En “Una temporada en el Infierno”, describe con gran lucidez esa toma de conciencia de sus innumerables alucinaciones y de la locura que lo acecha. Rimbaud, representa el fulgor y la precocidad, pero también la presencia de la locura y la huida preservadora. Escribe toda su obra entre los dieciséis y los diecinueve años, en el transcurso de los cuales tienen acceso a sus sentimientos más profundos e “inventa” la poesía moderna. En cuanto a Gerard de Nerval, la enfermedad acabó por imponerse. Pero la locura de Nerval era auténtica, y estaba tan unida a la escritura que no es posible disociar una de la otra. En plena locura, durante los dos últimos años de su vida, Nerval nos deja el sublime canto inacabado de Aurelia, donde describe con mucha precisión la euforia de la fase maníaca: “En ocasiones notaba mi fuerza redoblada: me parecía saberlo todo, comprenderlo todo, la imaginación me ofrecía deleites infinitos”. De acuerdo con Cirlot, en Nerval, la locura parece poseer un factor positivo, no sólo por la activación extraordinaria de las facultades “normales” del espíritu  y la angustia que obliga al escritor a dar de sí el máximo antes de la catástrofe final, sino también por el grado de unificación y de claridad de la llamada “Libertad Mental” con el que el autor expone sus vivencias, sean reales, imaginarias o demenciales.

En los dos casos mencionados anteriormente, queda evidenciado como la llamada “locura” activa el mecanismo reparador de la vivencia de lo trágico, siendo la escritura el elemento sanador, la vía terapéutica  que abre las puertas a la angustia contenida y no el germen de la enfermedad como se cree con frecuencia. Conciente de este poder sanador, la poeta argentina Alejandra Pizarnik, decía: “El quehacer poético implica exorcizar, conjurar y además reparar. Escribir un poema es reparar la herida fundamental, la desgarradura”.



lunes, 13 de febrero de 2012

Las Tres sonatas para violín y piano de J. Brahms

En este nuevo año 2012, Tendremos nuevas columnas para nuestros lectores. En esta oportunidad se trata del  espacio que hemos denominado: ¨A Tres Voces¨ y, que en esta ocasión, cuenta con la colaboración de nuestro amigo Carlos A. Silva, periodista y cronista de amplia trayectoria profesional en nuestro pais. Esperamos que les agrade y, de igual forma, recibimos sus opiniones que seran bienvenidas. 
A.S.
Las tres sonatas para violín
y piano de Johannes Brahms
 




 Carlos Antonio Silva

    No hacen alarde quienes profesan su amor por Brahms. En rara oportunidad se les oye un comentario, ofrecen una pista o asoman un detalle. Ese amor es siempre una pasión que se lleva en un silencio similar al que se necesita  para apreciar esta música en toda su intensidad.
    Dos décadas atrás resultaba un tanto difícil obtener en el mercado local (me refiero a Venezuela) títulos  fundamentales de la obra brahmsiana como el Concierto para violín  y orquesta, el Quinteto para clarinete, los tríos, los cuartetos (a excepción  de los tres primeros), las sonatas para violoncello, los conciertos para piano y pare usted de contar. A excepción de algunas deplorables versiones de las cuatro sinfonías, las Danzas Húngaras y el Réquiem alemán, era muy poco lo que se podía conseguir en el mercado nacional.
    Afortunadamente, gracias a la generosidad de una amiga que viajó a New York al inicio de los 90 pude  ponerme en The  3 violin sonatas, interpretada de manera magistral por Itzhak Perlman (violín) y Daniel Barenboim (piano). Este CD  (Sony Classical SK 45819), grabado en la técnica DDD es un verdadero alarde de virtuosismo  y rigor interpretativo, que merece escucharse con detenimiento.
    Al escribir sus sonatas para violín y piano, Brahms continúa en la tradición de Beethoven y Mozart, pero con el agregado de hacer más participativa la comunicación entre ambos instrumentos. Como en el caso de sus antecesores, Brahms enfatiza en la importancia del piano, a tal punto que al título de “Sonatas para violín”, le agrega el subtítulo  “Sonatas para pianoforte y violín”.
    Este CD contiene las sonatas Nª 1, Op.78 en sol mayor; Nª 2, Op. 100 en La Mayor; y Nª 3, Op. 108 en Re Menor. En cada una de esas piezas memorables fluye el genio de Brahms con marcada profundidad.
    La Sonata en Sol Mayor Op. 78, compuesta entre 1878 y 1879 representa  la primera para violín y piano que Brahms llegó a publicar. Es bien sabido que Clara Schumann jugó un importante rol  en el génesis  de esta pieza. Hace una dos décadas  aproximadamente se descubrió  que la pianista (Clara), íntimamente ligada a Brahms, fue probablemente la primera persona que llegó a conocer  un fragmento  de la obra. En la Biblioteca Nacional Austriaca, en Viena, se conserva un reproducción fotográfica de una preciosa  página sobre la cual Brahms anotó los 24 compases  del movimiento lento de esta sonata.
    En reverso de la página figura una carta sin fecha que el compositor escribió a Clara en la primera quincena del mes de febrero de 1879, inmediatamente  después que Félix, el más joven  de los hijos que tuvieran los Schumann, muriera a la edad de 24 años. Vista desde esta perspectiva el comienzo de la carta  reviste de una especial significación para Clara. Esta misiva reza textualmente: “Querida Clara, cuando toques lo que está escrito en el  otro lado lentamente podrás entender  la profundidad que yo he querido expresar en palabras de manera tierna, como pienso que tú y Félix (y su violín), tocarían a través del silencio”.
    La Sonata Nª 2, Op.100 en La Mayor fue escrita en Thun (Suiza) en el verano de 1886 y fue llamada  “La hermana verdadera” o “Hermana carnal”. Este término es ciertamente válido en atención al carácter lírico que guardan las dos obras.
    La Sonata Nª 3 en Re Mayor Op. 104 fue compuesta en sus cuatro movimientos casi de manera simultánea con respecto a la anterior. Sin embargo esta pieza  tiene su propia personalidad. Con un adagio melancólico contiene una turbulencia final dominado por ritmos sincopados.
    La belleza contenida  en estas tres piezas no se captaría  en todo su esplendor si no contáramos con la acertada  interpretación  que sin dudas nos ofrecen Itzhak Perlman en el violín y Daniel Barenboim en el piano. Perlman luce acucioso e ilustrativo en pasajes que ameritan brillo y lucimiento. Daniel Barenboim, favorecido con un Premio Grammy  en la categoría clásica, luce meticuloso pero expresivo y denso cuando se reclama su soporte estructural. Ambos logran un verdadero performance el cual es reproducido en toda su fidelidad gracias a la tecnología digital.